Todo el que ha intentado escribir sabe lo difícil que es, todos admiran a los escritores, pero pocos saben que ser escritor no es igual a graduarse de una carrera en la universidad en cinco años, es una vocación a veces frustrante e infructífera. Tras comenzar su tarea, el escritor participa en un juego donde la consecución de la obra es el premio a recibir. Se enfrenta consigo mismo, con sus posibilidades y limitaciones, trata de encausar su necesidad de expresión, de dar con las palabras justas que refieran lo que se ha planteando de antemano como ideas en su imaginación. Entre ese camino del querer decir y la consecución del modo apropiado para hacerlo, cualquier autor puede perderse.
Eduardo Liendo diserta en Los platos del diablo sobre el universo de la creación literaria.
La vida de Ricardo Azolar transcurre entre su pertinaz esfuerzo por escribir y su empleo en una editorial, no imagina su destino como una continuación de las circunstancias en las que nació: adversas, precarias, mediocres a su modo de ver, y toma la literatura y los libros como el único vínculo con el mundo que más le gusta. Desde su infancia determinó su destino como escritor, pues posee una autoestima que excede los límites de sus propias habilidades en el campo de la literatura, siempre necesitó crear un texto estimable, que lo ayudara a combatir los desaires que sufre en otros aspectos de su vida.
Sin embargo, a pesar de su interés legítimo, y su empeño fervoroso por llegar a construir un universo narrativo que lo pudiese catapultar a la palestra literaria, no lo lograría de un modo transparente:
"Sí, él emprendió esa aventura. Pero cada nuevo esfuerzo culminaba en otra imposibilidad. Las malditas palabras. Era cierto lo que escuchó decir alguna vez a Malva Granados: el escritor —dijo— es el más desprovisto y desvalido de todos los artistas, no posee sino las palabras, las mismas palabras gastadas de todos los días, para intentar algo perdurable" se dice en la novela.
A través de la imposibilidad de este personaje, Liendo construye un discurso que revela algunas aproximaciones sobre lo que significa el hecho de la creación. Azolar se encontraba en la búsqueda de la forma “perfecta”, nada de lo que lograba le parecía meritorio, nada era suficiente para él, necesitaba una obra que le garantizase la perpetuación en el tiempo, la gloria literaria.
Por el contrario, para Daniel Valencia, el otro escritor que hace parte de esta historia, con un ambiente familiar favorable y una vida que podría calificarse como feliz, lo más importante era simplemente ponerse a la tarea de concebir la obra según sus propias necesidades, sin esperar el ojo aprobador del lector, no le interesaba el éxito, tan sólo el ejercicio de la escritura.
Ambos personajes prefiguran arquetipos del escritor. Azolar: solitario, con una vida signada por la lectura y los libros, alejado de otro tipo de intereses. Valencia, por el contrario, es completamente opuesto, su imagen no es la de un escritor convencional: “incluso en su modo de vestir se advertía cierta originalidad... Su figura correspondía mejor a la supuesta en un juvenil jugador de tenis que en un escritor” (Eduardo Liendo, Los platos del diablo, 24).
A través del encuentro entre estos dos personajes la trama cobra vida, la presencia femenina —se enamoran de la misma mujer, Lisbeth—, la insatisfacción y los celos serán los puntos de quiebra de una relación que culmina en el crimen, del cual ya tenemos conocimiento a partir de la primera página.
Liendo echa mano de la estructura de la novela policial para presentarnos los hechos. Sin embargo, la trama policial es apenas un recurso que busca reafirmar el sentido de lo literario, pues el motivo del crimen es precisamente el robo de un manuscrito, mediante el cual, a través del plagio, Azolar consigue por fin la anhelada consagración.
Luego será descubierto precisamente debido al mismo, a través de la pesquisa detectivesca. La literatura, que tanto luchó por poseer, es la causante de su tragedia personal, vinculada con la desesperación y la insatisfacción que le trajo el éxito, el cual no fue el refugio que había esperado.
El ritmo de la narración de Los platos del diablo la vincula con otra obra, que es una referencia constante dentro de la novela, tal vez como un guiño al lector: El extranjero, de Albert Camus, novela corta pero intensa, que atrapa desde la primera línea, y cuyo personaje principal posee, al igual que Azolar, características psicológicas especiales.
En Los platos del diablo la literatura es el centro, objetivo y posibilidad de hallar el sentido de la existencia. Diálogos imaginarios entre Sartre y Wilde divagando sobre el rol del escritor, citas y referencias, son parte de los elementos que constituyen la novela como un relato autorreflexivo que explora el mismo hecho de novelar, el mundo en que pueden vivir los escritores, las dos caras del ejercicio de la creación, la sequedad narrativa (Azolar) en contraposición con el talento (Valencia).
Finalmente, la historia que leemos, la escrita por Eduardo Liendo, la novela en sí —Los platos del diablo— es a su vez la que construye Ricardo Azolar, el escritor de ficción, desde su encierro en la cárcel.
Eduardo Liendo, en Los platos del diablo, hace de la literatura un motivo para escribir, avalando un principio esbozado por uno de sus personajes, Daniel Valencia:
"¿Por qué no haces de tu sequedad, tu vacío, tu nadería, una materia aprovechable? Si insistes tanto en el asunto como soporte de la estructura novelística, ahí tienes un motivo tan importante como cualquier otro. En todo caso, la originalidad radica en el tratamiento, en el punto de vista, en la inusitada asimilación de las influencias. Es siempre un juego"
Los platos del diablo constituye un homenaje profundo a la literatura y su ejercicio que vincula al lector con los vericuetos de la ficción, trayendo consigo un debate silencioso sobre la creación.
Texto publicado originalmente en Letralia